Luján Ramírez, de 17 años, brega para no perder el ciclo lectivo porque un grupo de compañeros de la escuela “Genaro Perugorría” decidieron tomar revancha contra ella, al tiempo que jueves pasado una gresca entre dos grupos de alumnos, en los alrededores de la Escuela Técnica Bernardino Rivadavia que culminó con intervención policial, encendió nuevamente el debate sobre la violencia escolar. Más allá de los casos particulares, el acto de agredir no es nuevo, dicen los expertos, pero sí los lugares donde se manifiesta. El Litoral consultó a especialistas para indagar sobre las causas y consecuencias de un problema que trasciende las aulas.
“Los chicos están atravesados por una violencia simbólica, lo cual no es menos que una violencia física”, señaló la educadora Elsa Sartor, quien se graduó en el primer nivel del doctorado de Sociología en la Universidad de la Soborna en Francia y actualmente es rectora de la carrera de Servicio Social. Este hecho, según palabras del célebre sociólogo francés, Pierre Bordieu “es esa violencia que arranca sumisiones y que ni siquiera se perciben como tales”, apoyándose en la reproducción de mecanismos culturales. Esto, a su vez, está vinculado con los ideales sociales que se cultiva en los jóvenes y su imposibilidad de acceder a ese ideal, como es el éxito económico con el menor esfuerzo.
Los especialistas coinciden en que la violencia escolar tiene un sustrato en lo económico y su simiente en la falta de ciertos valores sociales. “El adulto que es el proveedor de la casa recibe socialmente el no reconocimiento del trabajo y el adulto va irradiando la violencia que va proyectando sobre sus pares y sobre los hijos. Es una violencia que circula de un lado a otro. Los chicos son el último eslabón”, ilustró Sartor.
“Existe una violencia estructural, simbólica, circulando hasta llegar al lugar más débil: los jóvenes”, explicitó la profesional. Además, agregó la cuestión de los valores. Una sociedad que propende el consumo en la cúspide de la pirámide de premisas sociales, pareciera ser una de los factores que influye en las manifestaciones violentas.
Ello no sólo se refleja en la ausencia de otros valores como la autoridad de una figura paternal, sino también está ligado a una frustración, en una sociedad donde el éxito económico propala diariamente a través de la cartelería y la pantalla chica.
“Hay un mercado que ofrece de todo, pero al que no se puede acceder. Esto provoca frustración y el exceso de frustración provoca impotencia y la impotencia provoca violencia”, señaló la doctora Dora Irma Gerry Galilea Schmitman, quien es médica psiquiatra y psicoanalista, miembro fundador del Círculo Psicoanalítico del Chaco y directora de tesis de las universidades de la Cuenca del Plata y la Universidad Católica de Salta, entre otras actividades.
En consonancia, Sartor explicó que “la sociedad ofrece un mayor consumo pero que el joven no tiene medio, ni perspectiva para acceder a ello” y agregó que esta situación se relaciona con un sentimiento de pertenencia, factor considerado vital en una edad donde los chicos buscan su identidad. “Tener significa socialmente pertenecer a determinado status. Pero el joven no tiene posibilidad de acceder a ello”.
Autoridad
Para Schmitman el meollo de la cuestión radica en que la puesta en duda y la caída de la autoridad de la figura paternal. “La distancia entre los ideales sociales y el papá posible es demasiado grande”, expresó la médica. Además aclaró que a mediados de la década del 30’, el sociólogo Emile Durkheim había anticipado la caída de la autoridad paterna. El lugar del padre (sea un tío, una madre o abuelos, los que cumplan esta función) está en duda. Aparecen “otras figuras sociales a seguir que son aparentemente exitosas”, indicó la especialista.
La autoridad se observa cuando “el otro tiene presencia aún cuando no está”, aclaró la profesional. Sin embargo, el descrédito aumenta en la medida en que el padre no puede asegurar a sus hijos un futuro que éste manifiesta y las transgresiones sociales son cada vez mayores. “Qué puede ver un hijo en un padre que trabaja todos los días y que sólo les alcanza para comer”.
No obstante, es “el padre quien debe marcar ideales firmes. Así, el hijo podrá seguirlos o, por el contrario, podrá anteponerse”, señaló la médica, y la consecuencia de ello será que el adolescente seguirá un camino.
Con la puesta duda de la autoridad paternal, asoma otro actor y es la institución educativa. El padre, en menor o mayor medida, delega la educación de sus hijos en la escuela, pero actualmente la entidad no puede contener a los jóvenes.